LA LOCUCIÓN COMO UNA PUESTA EN ESCENA


Mi acercamiento a las radios que se caracterizan por la locución gritona o sospechosamente entusiasta de quienes las animan día a día ha sido las más de las veces con reservas y no sin ciertos prejuicios que no dejan ver más allá del gusto personal.

A veces me cuesta creer en la euforia de los conductores que proyectan un estado de felicidad permanente; en los que se la pasan gritando las canciones que presentan o que reparten apapachos y piropos alentadores a diestra y siniestra a su auditorio.

Para entender más estas actitudes que predominan de manera notoria en los conductores de algunas radios juveniles y gruperas, me resulta interesante traer a cuenta la perspectiva de Erving Goffman (1922-1982). Este sociólogo canadiense hace en su obra La presentación de la persona en la vida cotidiana (Buenos Aires: Amorrurtu, 1971) una analogía entre las interacciones de comunicación cotidianas y las representaciones teatrales. Según su enfoque, todas las personas actuamos según la situación, el escenario y el contexto general —incluidos nuestros interlocutores o auditorio— en el que ocurre una relación social. En ese sentido para este teórico funcionamos con máscaras con las cuales desempeñamos roles estereotipados, y tendemos a actuar conforme a lo que se espera y avala socialmente en una situación determinada. Siguiendo esta lógica, todos usamos en distintos momentos máscaras diferentes: la del hijo, el jefe, la novia, el suegro, la víctima, el malo del cuento, el simpático, el aguafiestas… el locutor… Goffman también se refería al backstage: la parte posterior del escenario donde se guardan u ocultan las máscaras o facetas que no están en juego en un momento concreto.

Tengo la impresión de que varios de los locutores que destilan felicidad y optimismo mientras traen puesta la máscara de comunicadores radiofónicos, son radicalmente diferentes fuera del aire: para empezar, más “humanos”, con sus momentos —efímeros o no— alegres, pero también con sus dosis de amargura y tedio como cualquier cristiano común; hay otros que fuera del aire son especialmente antipáticos y cambian la máscara del conductor buena onda por la del divo inalcanzable. Pero se entiende —o así se ha querido entender en las frecuencias más convencionales— que lo que hace más terrenales a las personas que trabajan frente a los micrófonos debe quedar fuera de ese escenario llamado cabina, donde deben tener un rol “ejemplar”, “aspiracional”, “cool” o “motivador”, porque al radioescucha no hay que transmitirle pesimismo ni más problemas, que para eso tiene bastante con los suyos.

El enfoque de Goffman es interesante para despojarse un poco de prejuicios, pero también para entender aún más cómo es que en la radio no siempre se permite la reinvención de los estereotipos, quizá por el miedo a probar o experimentar los efectos de usar otras máscaras, contra la hipotética seguridad que dan las fórmulas comercialmente exitosas, pero que están igualmente desgastadas.

Con todo y que pueda entender que las cosas funcionan socialmente así, y que lo que sucede en el medio radiofónico es sólo un reflejo de eso mismo, que se puede trasladar al ámbito político, deportivo, cultural o cualquier otro, también me pregunto por la congruencia y la honestidad; por la distancia que puede haber entre la manera como se actúa en un escenario principal, y lo que sucede tras bambalinas. ¿Cuántos locutores de cabina presentan la música que realmente consideran de calidad? ¿Cuántos de ellos se interesan realmente en aportarle al radioescucha algo más que discursos huecos para llenar el tiempo aire entre cortes musicales y comerciales? ¿Cuántos creen en lo que hacen y son felices haciéndolo?

Goffman, por cierto, también se refirió a las personas, en su calidad de “actuantes”, como cínicas en un extremo, cuando actúan sólo para satisfacer sus intereses, e incluso no creen necesariamente en lo que dicen o hacen, o sinceras, en el otro, cuando están convencidas de lo que hacen y creen que lo que proyectan en una escena corresponde con la realidad “verdadera”. Este teórico dice mucho más, por supuesto, de lo que aquí retomo apretadamente de sus ideas, pero creo que la simplificación bien ilustra dos de las actitudes o estilos que podemos encontrar entre las voces del cuadrante.

Yo me quedo con las que proyectan mayor “sinceridad” o, en todo caso, con las que ponen un territorio común con los radioescuchas; esas que hacen sentir que la distancia entre la cabina desde la que hablan y el radiorreceptor es más corta de lo que parece; aquellas con las que puede haber una identificación mayor porque pueden ser un espejo de lo que vivimos todos los días como ciudadanos o como personas comunes y corrientes. A las otras, las que parecen más cínicas, he aprendido a revalorarlas en su justa dimensión, en el contexto de propuestas radiofónicas que tienen intereses, alcances y funciones específicas.

Finalmente, la locución es una profesión como cualquiera otra, que se puede vivir sólo como un medio para obtener una remuneración económica, lo que es totalmente legítimo, o como algo más que un simple trabajo, que tiene una relación estrecha con el proyecto de vida y con la manera de entenderla.


2 comments:

Calderon G said...

Hola,

Te aviso que ya están anexando podcasts en la página de Radio U de G.

Sería bueno que pongas el link para acceder a ellos.

Muchas gracias por tus artículos, son muy buenos!

Saludos!

Hertziana said...

Hola!

Haré el vínculo a los podcasts de Radio UdeG, gracias por el tip.

Saludos!
Lilián